El arte de hoy que no será el de mañana |
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Las corrientes históricas, de la clase que sean, por lo
general poseen un carácter pendular: a un movimiento le corresponde un
opuesto, como una forma de “desintoxicación” de aquello que ha acabado
saturando. Y el arte no es una excepción a esta regla. Así, al
Renacimiento, por ejemplo, le siguió un estilo calificado de
“opulento”, frente al clasicismo del primero: el Barroco, que cargará
al final de su andadura las tintas en el excesivo Rococó (seguido del
depurado Neoclasicimo y etcétera). Esto implica, en términos
artísticos, una variación importante en el gusto estético que encamina
las preferencias de público y, en menor medida, crítica, y la
posibilidad más que segura de que lo que es considerado válido en una
época sea desechado en otra, precisando para su “recuperación” de la
claridad que implica el paso del tiempo (normalmente unos cuantos
siglos). Además, y esto quizá sea lo más interesante de esta
circunstancia, no es posible para un contemporáneo saber en qué
quedaran finalmente en el futuro las obras ensalzadas como arte en su
presente. |
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Cuando a Miguel Ángel le dijeron que no |
En la actualidad es impensable para cualquiera de nosotros denostar el trabajo del famoso Miguel Ángel, reconocido por el tiempo como maestro de la pintura y uno de los mejores escultores que ha dado la Historia del Arte. Sin embargo, no siempre fue así y pocos pueden imaginar que, en un primer momento, una de sus obras cumbres fue rechazada: los frescos realizados para la Capilla Sixtina, en particular su Juicio Final. El motivo hoy día se nos puede hacer extraño, dado que nosotros sólo vemos una obra cumbre del clasicismo, pero, en la época, acusarían al artista de pecar de falta de “decoro” en las imágenes representadas. Un concepto que ha caído en desuso, por lo menos en cuanto al sentido adquirido en el s.XVI (moral y no formal) se refiere: la necesidad que debían tener las manifestaciones plásticas de adecuarse al entorno para el que estaban concebidas y al tono, veracidad y finalidad última del tema escogido. Esto es, si uno iba a pintar los frescos para una capilla debía abstenerse de representar desnudos, entendidos como poco aptos en la época de Miguel Ángel para un lugar sagrado (porque podían “despistar” al fiel de la intención catecúmena buscada y no se correspondían con los sagradas escrituras) pero sí válidos para otros espacios. No es el único caso, véase si no las famosas pinturas de gabinete del s.XIX: cuadros para disfrute personal que se escondían al ojo visitante y que, sin embargo, en la actualidad se exponen en los museos (caso de la Maja desnuda). |
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| Detalle del Juicio Final, de Miguel Ángel |
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El arte ¿debe ser bello? |
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El ideal clásico de perfección artística respondía en la Antigüedad a unos parámetros de simetría, proporción y, en conjunto, armonía. Muchos siglos después, los expresionistas desarrollarán hasta el límite el concepto de “feísmo” (introducido ya en el Románico) en el arte de vanguardia del s.XX. En ambos casos, las piezas resultantes han terminado siendo englobadas bajo el adjetivo de “arte”. Lucien Freud acaba de convertirse en el artista vivo mejor pagado del mundo gracias a una obra que responde muy bien a este estilo, una forma de visión artística no comprensible tal vez por todo el mundo. Y es que aún para muchos el arte debe responder a la belleza. Pero olvidamos que, al tiempo, esta misma idea ha variado con el paso de los siglos porque ¿son bellas las rotundas mujeres de Rubens? Quizá hoy no, pero en su momento lo fueron. Y es que el arte no puede quedar reducido a una idea limitada porque, en sí mismo, abarca el mundo entero y todas las formas posibles de concebirlo. |
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Donde esta el arte? |
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Si trazamos una línea estilística que resuma los grandes movimientos artísticos de la historia podremos comprobar su definición en la preponderancia de uno por época, dos a lo sumo. Y llegamos a la contemporaneidad y nos encontramos con una falta de decisión, con un “todo vale” en el que podemos encontrar la mayoría de los movimientos previos posibles aceptados, desarrollados e imitados hasta la saciedad. Una especie de indeterminación, de falta de crítica y originalidad, que implica la aceptación de casi cualquier cosa. No es sólo una cuestión de cambio en las actitudes sociales y en la moralidad o religiosidad imperante en un momento determinado, factores como la aceptación masiva que elimina cualquier posibilidad de disensión, el marketing, el volumen de obra o la falta de conocimiento son los responsables de que, en determinados casos, hayan llegado hasta la actualidad obras que no merecen el calificativo de “arte”, aunque, en última instancia, no seremos nosotros los que decidamos sino el día de mañana quien las ponga en su lugar (para bien o para mal).
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| Viktor Kohlin,óVasudeva Das, Suecia (sin titulo) |
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